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  Tradiciones Familiares en el Arte Popular
Los Gonzáles
Investigación: Luis Ramirez
Curaduría: Estela Miranda
Del 24 de setiembre al 30 de diciembre 2008
Sala Temporal del MNCP


La imaginería tradicional y popular contemporánea deviene de la escultura y la pintura virreinal. Al finalizar el virreinato y con advenimiento de la República surge la cultura popular mestiza y tradicional. La plástica barroca y monumental se fragmenta, se diluye, aunque no llega a desaparecer, y es formalmente remplazada por la miniatura costumbrista romántica traída por los viajeros europeos. Consecuencia de ello son, por ejemplo, las acuarelas de Pancho Fierro relativas a la vida cotidiana y profana limeña, y en el ámbito religioso la continuidad de los Nacimientos, los cajones de santería o los San Marcos con sus figuras escultóricas de pasta y tela encolada que no solo muestran a los personajes divinos sino que más bien incorporan intensamente la vida cotidiana, las costumbres, los tipos humanos y sus oficios. Es una forma de expresarse en la que las clases sociales marginadas desde los tiempos coloniales se miran sobre sí mismas y se identifican como personas, como pueblo o cultura. De hecho, el arte de la miniatura siempre fue permanente desde el Perú antiguo, ahí están las evidencias recogidas por la arqueología en la talla, en la cerámica, en la orfebrería y en los textiles.

Esta corriente no fue ajena al gran valle del Alto Mantaro correspondiente al departamento de Junín, región que desde la fundación de Jauja, fue evangelizada a gran escala por los dominicos, quienes propiciaron la creación de iglesias y monasterios. Es posible de que en el valle del Mantaro se haya gestado una escuela artística tempranamente pero que no alcanzó el nivel que lograron Huamanga o Cuzco. La profusión de iglesias y el costumbrismo religioso de fiestas patronales, procesiones, peregrinaciones, danzas y la situación económica holgada de los curacas y sus comunidades, entre otras cosas, por contar con el favor de la Corona, habrían hecho del valle un foco propicio para el desarrollo de muchas manifestaciones artesanales, en las que siempre mereció relevancia la imaginería religiosa. De modo que, como lo sostiene Pedro Gonzáles, los talleres se habrían visto cada vez más apremiados en las nuevas exigencias festivas y por ello no sería extraño la diversificación de los oficios como: bordadores, “adornantes”, mascareros, músicos, danzantes, toreros, bufones, entre otros.

Con la República aunque decae la Iglesia y su influencia, ya el valle estaba marcado por su sistema festivo religioso mestizo y en ocasiones profano. Eso será suficiente para que el taller de algunos imagineros como los Gonzáles no desaparezcan porque como señala Pedro Gonzáles: “Nuestro taller se refugió en aquello en lo que sí había demanda: la Cruz de Mayo, el Tayta Shanti, las máscaras, los bordados, los nacimientos, volcando su mayor dedicación a la restauración, las llamadas ’composturas’, siendo la elaboración de imágenes o santos cada vez menos frecuente.” Justamente son los Nacimientos los que permiten la aparición de otros personajes de la región: danzantes y músicos, vivanderas, juegos, costumbres, los que son pedidos de manera independiente.

El antiguo tambo de Huancayo se transforma en el siglo XIX, al adquirir importancia como base militar que congrega el comercio y el inicio de su famosa feria dominical. Para entonces Ayacucho declinaba y el auge minero de Cerro de Pasco, con la contribución del ferrocarril, propicio el crecimiento de la ciudad Huancayo. Santa Bárbara de Aza, por su parte, es un pueblito entre los eucaliptos y cercos de pirca, su pequeña plaza ostenta una iglesia de una sola torre donde reina Santa Bárbara, patrona del pueblo, acompañada de Taita Ramos, Taita Pascual, El Nazareno, El Niño Jesús y las Dolorosas, imágenes que han pasado por las manos curadoras del clan Gonzáles.

La cadena de pueblos tradicionales en las orillas del río Mantaro forma un emporio comercial y cultural con características muy regionales porque las comunidades campesinas y los mestizos prosperaron en la producción agropecuaria, minera y en las artesanías. Con el bienestar de los pueblos se engalanan las celebraciones religiosas tradicionales, prima la fastuosidad de las fiestas patronales, en la que destacan el lujo de vestuarios, la profusión de orquestas y de danzas; de igual modo las celebraciones profanas y familiares son luctuosas. En ese periodo, la familia Gonzáles sale a ofrecer su arte a la creciente y próspera “Feria Dominical” que se desarrolla en la Calle Real de la ciudad de Huancayo.

Pedro Abilio Gonzáles y la tradición de la imaginería: de la unción religiosa al costumbrismo festivo

Pedro Abilio Gonzáles Flores, más conocido como Abilio Gonzáles, nació en Aza, distrito de El Tambo, Huancayo, el 21 de febrero de 1912. Viene a este mundo mestizo floreciente y se convierte luego en su mejor transmisor mediante el arte de la imaginería que aprendió de sus ancestros: de su abuelo, de su tío abuelo Bernabé y de su padre don Gregorio.

El taller de don Abilio y sus hermanos era el corredor de la casa. Para realizar sus obras, don Abilio primero tallaba el maguey para las cabezas, luego el tronco, los brazos y los pies, según la postura que quería darles, después cortaba la tela, la empapaba en cola para darle movimiento, esperaba que seque y entonces le daba una mano de yeso, y, más tarde, una mano de pintura. Don Abilio preparaba sus propios pigmentos y si en alguna ocasión utilizó la anilina muy pronto la descartó porque era muy evanescente.

Julián, hijo de don Abilio trabajó también la imaginería y la transmitió a sus hijos Pedro y Javier, quienes descuellan como verdaderos continuadores e innovadores de la imaginería huancaína.
Abilio Gonzáles representa ese mundo rico y diverso del valle del Mantaro. De la temática religiosa toma escenas que están fuertemente impregnados en la vida de los pueblos como son los Nacimientos con sus comparsas de pastores y Reyes Magos, las herranzas con el Patrón Santiago montado en caballo blanco y rodeado del ganado, y las cruces de la pasión y de camino para la Fiesta de las Cruces y Semana Santa. De la vida cotidiana los temas relacionados a la música y a la danza, que son las mayores expresiones del alma wanca.

El estilo de Abilio es detallista, verosímil, con cierto naturalismo acorde con los tipos humanos de la región y exento totalmente de estilización. Sus obras reflejan un conocimiento certero de las tradiciones y costumbres de los pueblos, de los trajes tradicionales y de la coreografía de las danzas. Sus personajes destacan por su sencillez, son pequeños y encantadores, pues revelan el candor naif, la pureza espiritual del artista popular y el mundo exuberante campesino y mestizo del valle del Mantaro. El valor de su obra está en que expresa la personalidad wanca y en que se identifica con sus valores tradicionales. Es un arte que va perdiendo su uso ceremonial para centrarse en la complacencia de la contemplación de un mundo singular y festivo, de regocijo social.

Gracias a su constante labor, a su voluntad inquebrantable en el modelado de sus imágenes y a sus sentimientos verdaderos en la expresión de su mundo cultural, Abilio González se hizo merecedor en el año 1996 el reconocimiento como Gran Maestro de la Artesanía Peruana. Trabajó siempre convencido de su valor e impartiendo con su familia sus saberes ancestrales hasta su fallecimiento, en febrero de 2006.

El cambio generacional: los nietos Pedro y Javier Gonzáles Paúcar, en la tradición y la innovación

La fama y el reconocimiento oficial alcanzado por Abilio Gonzáles, infundió de orgullo y motivación a sus nietos, quienes ahora son sus más acreditados continuadores. Pero como los tiempos cambian ellos se han abierto a nuevas enseñanzas en lo técnico, en lo temático y se han adaptado a las circunstancias del mercado y el mundo globalizado.

Pedro Gonzáles (n. 1955) es el hijo mayor de Julián Gonzáles, tiene a su vez tres hijos: Gabriel, Pedro y Tamia, quienes ya practican la imaginería. Javier Gonzáles (n. 1958), es el segundo hermano, tiene también tres hijos: Rumi, que ya domina la imaginería, Sisay y Maya que están en proceso de aprendizaje.

El aprendizaje del oficio recuerda al de los tiempos virreinales. Se empieza por las labores más simples como lavar la olla de engrudo, preparar el yeso o imprimante o “blanqueo” y hacer hervir la cola de carpintero. Un segundo paso, es pintar tablitas, cortar cartones para los sombreros, modelar rostros, tallar o “raspar” el maguey y usar el pincel. Pedro recuerda que a los 7 años realizó su primera obra: un picaflor de maguey con pico de espina. Javier, por su parte se atrevió a hacer una vendedora de frutas. Bajo la vigilancia de Abilio fueron afinando la mano, quien les pedía repetir tantas veces como fuera necesario, hasta que saliesen perfectas. Fue él quien les dio el título de “maestros” como lo refiere Pedro: “Recibimos elogios del abuelo delante de los tíos y de la abuela. Dándonos palmadas en la espalda, el abuelo nos dijo: ’ya son buenos “pintores” que van a continuar con mi mano’. Fue nuestra consagración.” Desde entonces han transcurrido cuatro décadas, y Pedro y Javier continúan en el arte, no satisfechos y conformes sino siempre aprendiendo, experimentando y capacitándose en otras técnicas y en otras materias del saber. Las obras de los hermanos Gonzáles son exponentes de la religiosidad celebrativa, del costumbrismo lírico y del develamiento mítico.

El tramo recorrido en el arte de la imaginería, consolidando objetivos y desplegando esfuerzos que contribuyen al desarrollo cultural de Huancayo y del valle del Mantaro, han hecho merecedor a Pedro Gonzáles de la denominación por el MITINCI-Junín como Maestro Regional de la Imaginería. Conjuntamente con su hermano Javier, han participado en exposiciones, como recientemente en el Museo Internacional de Folk Art de Santa Fe, en Nuevo México. Sus obras se encuentran en colecciones y museos de Alemania, Suiza, Austria, Holanda, Ecuador, Brasil, entre otros países.




 


Abilio elaborando una pieza



Abilio enseñando en el taller



Autorretrato de Abilio